|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
LA SELVA SALTEÑA
Todos los sonidos de la selva, el vuelo y canto de los pájaros, los chillidos de los monos Caí, el rumor del arroyo cristalino y la infinidad de rumores de la vida multitudinaria se silenciaron. Luego lo vimos. O es mejor decir, él nos observó desde sus redondos ojos de fuego. Nuestros movimientos, tal como habíamos aprendido a regular con el ritmo del ambiente en nueve días de marcha junto al baqueano don Joaquín, se limitaron a una pausada respiración. Nuestro viaje al Baritú había alcanzado su máximo sentido. Estábamos frente al amo del lugar. Bello, serenamente soberbio. Era el Yaguareté. |
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| [ Inicio ][ Dónde ][ Historia ][ Mapas ][ Costumbres ][ Links ][ Buscar ][ English ] | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||