Entrada la tarde, el tiempo nos juega en contra y las visitas al Convento San Bernardo, la Iglesia San Francisco y el Monumento al Gral. Guemes son casi fugaces.
La noche salteña nos empuja hacia una de sus tradicionales peñas, donde unos sabrosos tamales y varios vasos de tinto, son testigos de nuestra alegria. El famoso “Boliche Valderrama”, es el lugar elegido, donde unos cuantos gringos, algunos palladores y el más autóctono folclore local, conforman la propuesta nocturna. Que solo tocaría su fin al amanecer, cuando hasta las coplas y bagualas se habían dormido..
Uno de los referentes salteños en el mundo, es, definitivamente, el mítico Tren a las Nubes, del que no podíamos estar ajenos en nuestra travesía norteña. Es preciso madrugar, para poder ubicarse en uno de los casi 600 asientos que tiene el convoy, cuando sale con su formación completa. Mas de 1400 curvas, 13 viaductos, 31 puentes, 21 túneles y la imponencia de las “pinturas” que se ven desde los cómodos vagones, forman parte del desafío. Que tiene como punto de inicio la vieja estación de trenes salteña, de la cual partimos a las 7 de la mañana, aun de noche, fastidiosos y con sueño. Pero con la expectativa de encontrarnos con lo que finalmente hallamos. Una de las obras de ingeniería, mezcladas con la magia de la naturaleza, más maravillosas del mundo, alcanzando los 4200 mts de altura. El ingeniero Maury, allá por la década del ’30, fue el padre de la criatura, que por cierto es argentina.
El tren deja la capital para internarse en el Valle de Lerma, donde los campos de maíz y tabaco atestiguan nuestro paso. La pintoresca villa veraniega de Campo Quijano sirve de trampolín para comenzar el verdadero ascenso hacia Los Andes. Es allí, donde las bocas comenzaran a abrirse para no cerrarse sino hasta el final del viaje.
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Los “zig-zags” en Chorrillos (2100 mts) y los “rulos” en las ruinas de Puerta Tastil (2700 mts) asombran por la exactitud de su diseño y por el estado de conservación de vías y durmientes, a pesar del paso de los años. La locomotora recién detendrá su marcha una vez atravesada la Quebrada del Toro, que acompaña el paso del río homónimo. El punto elegido por nuestro maquinista para el descenso es el poblado de San Antonio de los Cobres. Ubicado a unos 3800 mts de altura, distante 165 Km de la capital, y en plena puna salteña cercana al Paso de Sico que nos comunica con Chile, el pueblo alberga a casi 4000 nobles y humildes habitantes que nos reciben de manera tan amena como emocionante. Apenas una la escuelita, la iglesia y la estación de tren local sirven de escenario para darle un marco aun más tierno al breve contacto con la gente del lugar. Los chicos, con sus pies descalzos y su piel deteriorada por el frío y el viento, componen la antesala de las inevitables lágrimas posteriores.
Finalmente, la formación ferroviaria retoma su marcha con el objetivo de arribar al destino final, el Viaducto La Polvorilla, emplazado a 4200 mts de altura. La emoción nos consume... la sensación de estar “llegando al sol” vibra dentro nuestro... sentir como las nubes acarician nuestras almas, mientras el tren baja la velocidad para permitirnos disfrutar en cámara lenta de esta maravilla. Luego de recorrer los casi 250 mts de largo que posee el Viaducto y tras superar el escalofrío que significa sentirse “en el aire” y a 220 mts del suelo salteño, la aventura alcanza su pico de mayor emotividad.
El resto solo fue intentar “amenizar” el fastidioso regreso hacia Salta, compartiendo las 7 horas de viaje con algunos viajeros apunados, otros descompuestos, un par de grupos folclóricos y la satisfacción de haber viajado en el “Tren del Cielo”. Suficiente para dejar Salta con el alma contenta y tomar la ruta nacional 9 hacia el norte con destino jujeño.
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